Cántaro
Bebo el mundo,
desaforada,
quemando las pestañas
en cada parpadeo.
Te bebo
sin tener sed.
Bebes del cántaro
derramado
en mis senos morenos,
como si tus labios
no tuvieran más opción
que mojarse en mí.
Me bebo tu risa.
Me bebo tus ojos claros,
barriendo las tinieblas.
Me bebo tu piel
de un mordisco.
Me bebo el vacío
—desierto en mi cántaro—
en el que no somos más
que los responsables
de una sed inventada:
en las sábanas ebrias,
en la estela de los cuerpos,
en tu sudor torrencial,
en el cántaro roto
de mis senos morenos.

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